Thursday, May 21, 2026

Revelaciones de la Diosa Oscura: Sujetado por el Código de la Simulación

Revelaciones de la Diosa Oscura:
 Sujetado por el Código de la Simulación

-Por Oneiros Speculum 
mulucepS sorienO roP- 



Introducción.

Mi amigo Alberto me había platicado sobre la Salvia Divinorum, a quien los mazatecos, pueblo originario de la sierra de Oaxaca, llaman la Ska Pastora, (Ojos de la Pastora) una planta fría y misteriosa que induce a un potente estado visionario de una cualidad sumamente extraña y enigmática. Alberto, un artista plástico, había ganado una beca para realizar una estancia artística en un espacio que serviría como laboratorio creativo para la creación de su obra. Me invitó a ir a su espacio para experimentar el dominio de la Pastora.

Una de sus piezas artísticas era una especie de cama-nido circular hecho de semillas, y sobre este lecho germinal fue que me senté para vivir mi experiencia. Mi amigo Alberto preparó la pipa y la llenó de una hierba seca de un tono verde oscuro, para luego ponerla en mis manos y desearme un buen viaje. Con un poco de nervios, pausé por un momento antes de lanzarme a la expedición visionaria y, finalmente, me decidí a prender la pipa y jalar el humo con todas mis fuerzas. Mientras jalaba el sublime efluvio que desprendía la esencia de la Pastora, mi cuerpo y mi mente comenzaron a disociarse y muy rápidamente perdí noción de lo que estaba ocurriendo, llegando incluso a olvidar que estaba fumando Salvia Divinorum, y he ahí que comenzó mi viaje, en un estado de total perplejidad, sumergido en una nube del no-saber.

Entre sueño y vigilia.

Niebla espesa, bruma profunda, invisible manto de algodonada textura. Algo me envuelve, me rodea y se disuelve toda pesadumbre, toda corpórea certeza, toda solidez se evapora. Ningún cuerpo me contiene, se han perdido los contornos de mi esencia, las paredes que daban nombre y forma a mi consciencia. Ausencia, ya no encuentro agarradera alguna, no tengo manos para sujetarme a la existencia. Aquello que yo era se desliza como pesada arena en el olvido, y me encuentro perdido ante los alucinantes campos de la locura. Ya no sé quién soy, no sé qué está pasando, ni en donde estoy, o si acaso verdaderamente existo.    

Dislocación extraña, cuerpo-lava, araña, piernas arriba, brazos inversos, baja ando, mano derecha arre iba, mano izquierda arderecha, mano pierna, periferia retorcida, doblegada en un excéntrico centro, espacio-tiempo, devorágine engullía. Mi mano hecha, derecha, siniestra, mía, tuya, mia cara, carátula ¿Mía o tuya? En-tu-mía, mi mano pierna, mi tuya, mi nada sacudía. Corpoherencia rota, piel invertida, órganos resonantes, trastornada armonía. Adentro-afuera, internamente externaba pensaliento soplando fantasía. Y otra vez se ensambló mi mentalidad ordinaria, respiré, reconocí, encontré. Supe con toda mi extensa piel, sin aladas teorías, que donde me hallaba no era un aquí o un allá, tan solo la pura sensación ser y estar en un no-lugar donde las fibras de mi ser se plegaban sobre sí mismas.  

Este ser-siendo, habitado y sentido, era al mismo tiempo mismidad y algo más; una otredad que sin embargo era yo mismo.

Materia e identidad, plasticidad amorfa que hacía nacer infinidad de formas, al mismo tiempo que las disolvía.

Inestabilidad, sustancia accidentada que de nombre carecía.

Intenté formular una pregunta que sin embargo en ese momento no cabía. ¿Quién soy? Quise articular, pero ni si quiera había un espacio interior en dónde condesar los pensamientos. El delirio me poseyó y la realidad misma perdió su inocencia. Algo se quebró, se había roto el cristal que separaba mi individualidad y por las grietas se había fugado todo aquello que creía saber de mí mismo y de la realidad. Cual líquido volátil me evaporé hacia un abajo-arriba y me fundí en la sopa cósmica de la inexistencia primigenia, donde ya no había distinción entre fondo y forma, entre individualidad y totalidad. Trasparentados los límites de mi unidad, las memorias que previamente me daban contorno a mi identidad las viví como pura fantasía. Toda mi vida era sueño e irrealidad, y aquella micropsíquica entidad que persistía en existir, lo sabía.

-Despierta, has estado soñando

Escuché como el eco silencioso de palabras nunca proferidas.

-¡Despierta!

Atravesaba en mi consciencia un entendimiento mudo que presionaba como sagrado imperativo. Todo cuanto percibía lo viví como un juego de niños. Carrusel, escondidas, un-dos-tres por mí y por todos mis amigos. Mi historia personal se había esfumado y desaparecido, sus efluvios escapaban de mis intentos de atrapar aquella nube irreal de mi fugaz persona. Nada era realidad, ni siquiera yo mismo.

-Despierta, todo era un sueño

Insistió aquella voz desencarnada, aquella profundidad que comunica. Y entonces pude colectar, como dando manotazos al azar, un poco de las aves-pensamientos para articular en mi consciencia la pregunta:

-¿Quién anda ahí? ¿Quién me está hablando?

La oscura ausencia

Aunque no había ninguna forma o figura, imagen o percepción alguna, sabía que estaba frente a una potente presencia, oscura e invisible. Que más bien se sentía como lo contrario a alguien, una ausencia que se intuía como una divinidad femenina, incluso, como la misma esencia del polo opuesto a la claridad y la vigilia. Era el yin, la otredad absoluta, la eterna noche, la vacuidad y el fondo abismal, que sin embargo parecía paradójicamente consciente de sí misma. Aquella presencia vacía, aquella esencia de ausencia, se sentía claramente femenina. Ella estaba frente a mí, y era ella quien me insistía que despertara, quien me revelaba la naturaleza onírica e irreal de todo lo que yo llamaba vida. Dirigí entonces mis pensamientos hacia Ella.

-¿Quién eres?

Y sentí mis pensamientos deslizarse en dirección hacia aquella presencia vacía, reptando por el suelo irreal, buscando alcanzar algo que no existía. La oscura silueta evadió mis pensamientos, esquivándolos como si fuesen flechas. En mi percepción se hizo metáfora viva cómo las palabras que conjuré en mi pensar intentaron agarrar algo que se desvanecía. Pero algo en mí se obstinaba en atrapar y envolver con el lenguaje aquella amorfa ausencia femenina. Observé cómo algo dentro de mí surgía como una sustancia fantasmal que se amoldaba para articular letras que palabras construían, edificando en mi incierto interior la interrogante que desesperada buscaba emerger y atrapar a aquella irrealidad que me envolvía.

-¿Quién está ahí? ¿Quién eres?

Esta oración era lanzada rumbo a la enigmática figura, a la diosa oscura, quien parecía golpear mis palabras para no ser tocada por ella, parecía molesta por mi insistencia, como si mis manos sucias de corporeidad mancharan su etérea no-localidad. Y de nuevo, mi consciencia persistió y quise hacer palabras florecer para arrojarlas al objeto de mi atención, en el pensamiento.

-¡Dímelo ya! ¡¿Quién eres?! ¡¿Quién anda ahí?!

La figura insustancial reaccionó con un enojo que se hizo sentir como un temblor por todo el entorno hueco, y en su enfurecida condición sentí que sujetó la trayectoria de mi pregunta, haciéndola girar y retornar al lugar de donde provenía, desmembrando las palabras para volver a articularlas ya no hacia lo que parecía afuera, sino hacia lo que ahora se sentía como un adentro, plegadas sobre sí mismas las letras se reorganizaron:

Quién… ahí… eres… ya… no…

Yo intenté sostener la pregunta, pero ésta ya no era mía. Las sílabas se dislocaron y se volvieron a ensamblar en una nueva composición,

Hoy… no… aquí… es…

Mis” pensamientos se rebelaron contra mi voluntad, ya no eran de mi propiedad, y ahora los veía retorcerse y entramar las palabras para formar un mensaje en mi propia interioridad. El “quién” que yo era se desvanecía, se desbordaba y se reconstruía como un yo-otro que hablaba consigo mismo. Y entonces lo entendí, o más bien, esa alteridad en mí lo entendió. La frase se terminó de ensamblar, con una claridad de fría prenumbra, impersonal y taciturna. Usando mis propias palabras, la oscura polaridad en silencio pronunció:

-Aquí…

…no

…hay

QUIÉN… 

Y no era respuesta alguna, sino eco distorsionado, pero comunicante, de mi propia interrogante.

El código de la simulación

El mensaje golpeó, como gélida ventisca, en todo lo que lograba identificar como mi ser. Ella percibió mi confusión, y de manera compasiva tomó mi etérea corporeidad y la hizo girar para que pudiera contemplar lo que acontecía: cada vez que yo intentaba un pensamiento conjurar, observaba cómo una rara sustancia viscosa se procuraba adherir a mí, a manera de tentáculo, formando las palabras que moldeaban mis pensamientos. La oscura diosa entonces me jaló, para que aquel tentáculo hecho de letras y palabras no me atrapara. Quise tratar de entender, y puse todo mi esfuerzo en articular el lenguaje para anclar el inefable transcurrir de los momentos en una explicación lógica, pero ese intento manifestó otro tentáculo lingüístico, que se enroscó sobre mí, sujetándome en abrazo léxico. Y otra vez, la femenina esencia de ausencia me liberó de la sujeción de las palabras. Entonces, me jaló como a un lugar más lejano, permitiéndome ver de dónde venían aquellos tentáculos lingüísticos, y me mostró una esfera sintáctica, un campo semántico entrelazado, significados y significantes enredados como tentáculos pertenecientes a una creatura hecha de códigos y letras.

Con sus redes conceptuales articulaba un mundo aparente, realidad narrativa envolviendo una luminosa energía, atrapándola y sujetándola en constructos de palabras. Dentro de ese entramado semántico, podía observar esferas de luz envueltas por la palabra “Persona” y cómo alrededor de ellas estaba en grande la palabra “Mundo”. Y este pulpo semiótico jugaba a través del lenguaje a construir un escenario hecho de pura información. La oscura divinidad, a quien luego identificaría como La Pastora, me mostró aquel universo hecho de signos, como si éstos codificaran una realidad simulada, articulada por una matriz hecha de lenguaje, semejante a una realidad virtual compuesta de ceros y unos. Insustancial, ilusoria, nada de lo que yo había creído real verdaderamente lo era. Y este constructo lingüístico parecía ser dominado por aquella entidad extraterrena, cuyo cuerpo hecho de pura información flotaba por encima de este entramado de palabras. Aquella creatura alienígena tejió códigos que envolvieron como hilos a la amorfa luz con la cual confeccionaba sujetos sujetados al lenguaje, zurciendo seres en la trama y urdimbre del telar de ficciones.

 Ante dicha visión, sentí el frenético palpitar de mi bomba biológica, propulsando veloces torrentes de sangre por todo mi cuerpo. Un volcán en erupción, rabia, fuego, y rápidamente; hielo. En mi pensamiento se aparecieron palabras invisibles que me comunicaron en un murmullo tenue que

-Este es el velo, la ilusión, el sueño.

No supe si lo había pensado yo, o aquella otredad femenina que hablaba desde mis adentros. Un entendimiento mudo me penetró, como un filoso gancho, que todo aquello que yo había tenido por realidad, toda mi historia de vida, no era más que una especie de cuento, una ficción, un juego, un entretenimiento para creaturas siderales, que habían confeccionado un universo ilusorio, del cuál ahora la Pastora me había liberado, y todo lo que yo había considerado real se había borrado, incluyendo mi vieja identidad, que ahora parecía como un recuerdo distante, como un sueño recién olvidado.

La inmemorable búsqueda de identidad

Entonces me invadió una angustia insoportable, una serie de pensamientos invadieron mi cabeza cual corona de espinas. La visión de aquella esfera lingüística del mundo, constructo narrativo que yo creí real toda mi vida, perdió todo su peso en la ingrávida irrealidad de la alucinación. Bravas olas golpeteaban mis certezas, aislándome en la soledad cósmica, reconociéndome como hijo de la nada. Nada era real, y sin embargo contemplaba la demiúrgica artimaña del pulpo, quien tejía mundos ilusorios en el lienzo de la nada, una nada infinita e inabordable, sin principio ni fin. Asfixia, angostos pasillos interminables ¡Me falta el aire! ¿Es real lo que estoy viendo? ¿Estoy soñando? ¿¡Quién me está leyendo!?

De pronto sentí como si algo me jalara nuevamente hacia aquella esfera, como si de pronto mi etérea corporeidad se solidificara y me viera arrastrado por el peso de la gravedad. Cayendo, bajando, descendiendo nuevamente hacia el mundo del signo, enredándome en la teleraña del lenguaje, no soportaba ser nadie, así que busqué desesperadamente algún recuerdo que me mostrara una imagen de mí mismo. Quería tener un rostro y un nombre, quería ser alguien. Y poco a poco desfilaron algunas imágenes, sensaciones, recuerdos, que se enroscaron en torno a mí y me envolvieron en una historia que reconocí como mía. Las profundidades psíquicas se abrieron como efervescente plétora imaginal, llenándome de escenas que se flotaban como fantasmas de la memoria a mi alrededor. La vivacidad de uno de estos escenarios hizo que posara toda mi atención sobre ella, que se representó como una obra en el teatro de la mente, recordándome quién soy:

Observé cómo, después de una trágica pelea con mi padre, y una triste decepción de mi madre, había decidido dedicar mi vida a expresar las emociones complejas por medio del arte. Y después, otro momento se desplegó ante mi consciencia, como ofreciéndome un trozo de recuerdo para poder reconstruir mi identidad, mostrándome diversas escenas en donde le había encontrado el gusto a la pelea y el conflicto. Yo me creía un guerrero, un rebelde a quien nadie podía domesticar. Veía un momento en que después de una acalorada discusión yo le escupí en la cara a un flacucho mozalbete a quien disfrutaba intimidar. Y rápido llegó otra escena de mi conquista sobre una chica que me atraía sexualmente, a quien sabía que solo la quería flechar, para luego desecharla y buscarme otra más apetecible. Recordé también una salida en grupo, con mis amigos Pepe, Javier y Priscila, que nos fuimos en mi carro a Guanajuato para ir al cervantino. Gota tras gotas, el caudal de recuerdos llenó la oquedad de mi consciencia, haciendo de este cuerpo de ideas un personaje en donde encarnar. Todas estas imágenes, así como algunas ideas, creencias, pensamientos y emociones, se instalaron dentro de mí para revelarme que yo me llamaba Alberto. Sí, lo recordé con toda claridad. Se hizo la luz y ahora tenía la certeza de que yo era Alberto, y tenía un tatuaje con las letras V. L. en la mano izquierda, entre el dedo índice y el pulgar. Pude al fin aterrizar, sentir mi cuerpo, hacerme consciente del espacio en donde estaba, y comprender que todo aquello que había vivido se debía a que había fumado Salvia Divinorum, y me percaté que el viaje estaba por terminar, que estaba volviendo otra vez a esta sólida realidad, a la materialidad de mi cuerpo, a la certeza de mi nombre y mi identidad. Respiré profundo, abrí mis ojos, con toda la calma y la serenidad de volver a recuperar la memoria, después de haber vivido la tormenta de la vacuidad. ¡Qué bien se sentía volver a ser yo mismo! ¡Qué agradable es ser quien soy! ¡Cuánto amo ser Alberto!

Me levanté de aquella cama hecha semillas en la que estaba acostado, aquella obra de arte que construí gracias a la beca que había ganado para hacer mi residencia artística. Caminé unos pasos hacia el frente, y entonces… ¡Imposible! Mi mirada choca contra la imagen de mí mismo, lo miro a los ojos, él-yo, yo-otro me mira sonriente. La cara de Alberto mi mira claramente desde otro lugar. ¿¡No soy yo Alberto!? ¿¡Por qué estoy ahora allá!? Una viscosa sensación me recorre todo el cuerpo, se desenrosca como una serpiente, y entonces comprendo que todos aquellos recuerdos que viví no eran míos, sino de mi amigo Alberto. Como si fuese un sueño, la máscara de identidad con la que creí haber encarnado se evaporó, y regresé, como acto de magia, a mi vieja identidad, como Mario Alonso “Oneiros”. Reí, lloré, respiré profundo. Había vuelto.




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