Revelaciones
de la Diosa Oscura:
Sujetado por el Código de la Simulación
-Por Oneiros Speculum
mulucepS sorienO roP-
Introducción.
Mi amigo Alberto me había platicado sobre la Salvia
Divinorum, a quien los mazatecos, pueblo originario de la sierra de Oaxaca,
llaman la Ska Pastora, (Ojos de la Pastora) una planta fría y misteriosa
que induce a un potente estado visionario de una cualidad sumamente extraña y
enigmática. Alberto, un artista plástico, había ganado una beca para realizar
una estancia artística en un espacio que serviría como laboratorio creativo
para la creación de su obra. Me invitó a ir a su espacio para experimentar el
dominio de la Pastora.
Una de sus piezas artísticas era una especie de cama-nido circular hecho de semillas, y sobre este lecho germinal fue que me senté para vivir mi experiencia. Mi amigo Alberto preparó la pipa y la llenó de una hierba seca de un tono verde oscuro, para luego ponerla en mis manos y desearme un buen viaje. Con un poco de nervios, pausé por un momento antes de lanzarme a la expedición visionaria y, finalmente, me decidí a prender la pipa y jalar el humo con todas mis fuerzas. Mientras jalaba el sublime efluvio que desprendía la esencia de la Pastora, mi cuerpo y mi mente comenzaron a disociarse y muy rápidamente perdí noción de lo que estaba ocurriendo, llegando incluso a olvidar que estaba fumando Salvia Divinorum, y he ahí que comenzó mi viaje, en un estado de total perplejidad, sumergido en una nube del no-saber.
Niebla
espesa, bruma profunda, invisible manto de algodonada textura. Algo me
envuelve, me rodea y se disuelve toda pesadumbre, toda corpórea certeza, toda solidez
se evapora. Ningún cuerpo me contiene, se han perdido los contornos de mi
esencia, las paredes que daban nombre y forma a mi consciencia. Ausencia,
ya no encuentro agarradera alguna, no tengo manos para sujetarme a la
existencia. Aquello que yo era se desliza como pesada arena en el olvido, y me
encuentro perdido ante los alucinantes campos de la locura. Ya no sé quién soy,
no sé qué está pasando, ni en donde estoy, o si acaso verdaderamente existo.
Dislocación
extraña, cuerpo-lava, araña, piernas arriba, brazos inversos, baja ando, mano
derecha arre iba, mano izquierda arderecha, mano pierna, periferia retorcida,
doblegada en un excéntrico centro, espacio-tiempo, devorágine engullía. Mi mano
hecha, derecha, siniestra, mía, tuya, mia cara, carátula ¿Mía o tuya?
En-tu-mía, mi mano pierna, mi tuya, mi nada sacudía. Corpoherencia rota, piel
invertida, órganos resonantes, trastornada armonía. Adentro-afuera,
internamente externaba pensaliento soplando fantasía. Y otra vez se ensambló mi
mentalidad ordinaria, respiré, reconocí, encontré. Supe con toda mi extensa
piel, sin aladas teorías, que donde me hallaba no era un aquí o un allá, tan solo
la pura sensación ser y estar en un no-lugar donde las fibras de mi ser se plegaban
sobre sí mismas.
Este ser-siendo,
habitado y sentido, era al mismo tiempo mismidad y algo más; una otredad que
sin embargo era yo mismo.
Materia
e identidad,
plasticidad amorfa que hacía nacer infinidad de formas, al mismo tiempo que las
disolvía.
Inestabilidad, sustancia accidentada que de
nombre carecía.
Intenté
formular una pregunta que sin embargo en ese momento no cabía. ¿Quién soy?
Quise articular, pero ni si quiera había un espacio interior en dónde condesar
los pensamientos. El delirio me poseyó y la realidad misma perdió su inocencia.
Algo se quebró, se había roto el cristal que separaba mi individualidad y por
las grietas se había fugado todo aquello que creía saber de mí mismo y de la
realidad. Cual líquido volátil me evaporé hacia un abajo-arriba y me fundí en
la sopa cósmica de la inexistencia primigenia, donde ya no había distinción
entre fondo y forma, entre individualidad y totalidad. Trasparentados los
límites de mi unidad, las memorias que previamente me daban contorno a mi
identidad las viví como pura fantasía. Toda mi vida era sueño e irrealidad, y
aquella micropsíquica entidad que persistía en existir, lo sabía.
-Despierta,
has estado soñando
Escuché como
el eco silencioso de palabras nunca proferidas.
-¡Despierta!
Atravesaba en
mi consciencia un entendimiento mudo que presionaba como sagrado imperativo. Todo
cuanto percibía lo viví como un juego de niños. Carrusel, escondidas,
un-dos-tres por mí y por todos mis amigos. Mi historia personal se había
esfumado y desaparecido, sus efluvios escapaban de mis intentos de atrapar
aquella nube irreal de mi fugaz persona. Nada era realidad, ni siquiera yo
mismo.
-Despierta,
todo era un sueño
Insistió
aquella voz desencarnada, aquella profundidad que comunica. Y entonces pude
colectar, como dando manotazos al azar, un poco de las aves-pensamientos para
articular en mi consciencia la pregunta:
-¿Quién
anda ahí? ¿Quién me está hablando?
La
oscura ausencia
Aunque no
había ninguna forma o figura, imagen o percepción alguna, sabía que estaba
frente a una potente presencia, oscura e invisible. Que más bien se sentía como
lo contrario a alguien, una ausencia que se intuía como una divinidad
femenina, incluso, como la misma esencia del polo opuesto a la claridad y la
vigilia. Era el yin, la otredad absoluta, la eterna noche, la
vacuidad y el fondo abismal, que sin embargo parecía paradójicamente consciente
de sí misma. Aquella presencia vacía, aquella esencia de ausencia, se sentía
claramente femenina. Ella estaba frente a mí, y era ella quien me
insistía que despertara, quien me revelaba la naturaleza onírica e irreal de
todo lo que yo llamaba vida. Dirigí entonces mis pensamientos hacia Ella.
-¿Quién
eres?
Y sentí mis
pensamientos deslizarse en dirección hacia aquella presencia vacía, reptando
por el suelo irreal, buscando alcanzar algo que no existía. La oscura silueta evadió
mis pensamientos, esquivándolos como si fuesen flechas. En mi percepción se
hizo metáfora viva cómo las palabras que conjuré en mi pensar intentaron
agarrar algo que se desvanecía. Pero algo en mí se obstinaba en atrapar y
envolver con el lenguaje aquella amorfa ausencia femenina. Observé cómo algo
dentro de mí surgía como una sustancia fantasmal que se amoldaba para articular
letras que palabras construían, edificando en mi incierto interior la
interrogante que desesperada buscaba emerger y atrapar a aquella irrealidad que
me envolvía.
-¿Quién
está ahí? ¿Quién eres?
Esta oración
era lanzada rumbo a la enigmática figura, a la diosa oscura, quien parecía
golpear mis palabras para no ser tocada por ella, parecía molesta por mi
insistencia, como si mis manos sucias de corporeidad mancharan su etérea no-localidad.
Y de nuevo, mi consciencia persistió y quise hacer palabras florecer para
arrojarlas al objeto de mi atención, en el pensamiento.
-¡Dímelo
ya! ¡¿Quién eres?! ¡¿Quién anda ahí?!
La figura
insustancial reaccionó con un enojo que se hizo sentir como un temblor por todo
el entorno hueco, y en su enfurecida condición sentí que sujetó la trayectoria
de mi pregunta, haciéndola girar y retornar al lugar de donde provenía,
desmembrando las palabras para volver a articularlas ya no hacia lo que parecía
afuera, sino hacia lo que ahora se sentía como un adentro,
plegadas sobre sí mismas las letras se reorganizaron:
Quién…
ahí… eres… ya… no…
Yo intenté
sostener la pregunta, pero ésta ya no era mía. Las sílabas se dislocaron y se
volvieron a ensamblar en una nueva composición,
Hoy…
no… aquí… es…
“Mis”
pensamientos se rebelaron contra mi voluntad, ya no eran de mi propiedad, y
ahora los veía retorcerse y entramar las palabras para formar un mensaje en mi
propia interioridad. El “quién” que yo era se desvanecía, se desbordaba y se
reconstruía como un yo-otro que hablaba consigo mismo. Y entonces lo
entendí, o más bien, esa alteridad en mí lo entendió. La frase se terminó de
ensamblar, con una claridad de fría prenumbra, impersonal y taciturna. Usando
mis propias palabras, la oscura polaridad en silencio pronunció:
-Aquí…
…no
…hay
QUIÉN…
Y no era
respuesta alguna, sino eco distorsionado, pero comunicante, de mi propia interrogante.
El código de la simulación
El mensaje golpeó, como gélida ventisca, en todo lo que
lograba identificar como mi ser. Ella percibió mi confusión, y de manera
compasiva tomó mi etérea corporeidad y la hizo girar para que pudiera
contemplar lo que acontecía: cada vez que yo intentaba un pensamiento conjurar,
observaba cómo una rara sustancia viscosa se procuraba adherir a mí, a manera
de tentáculo, formando las palabras que moldeaban mis pensamientos. La oscura
diosa entonces me jaló, para que aquel tentáculo hecho de letras y palabras no
me atrapara. Quise tratar de entender, y puse todo mi esfuerzo en articular el
lenguaje para anclar el inefable transcurrir de los momentos en una explicación
lógica, pero ese intento manifestó otro tentáculo lingüístico, que se enroscó
sobre mí, sujetándome en abrazo léxico. Y otra vez, la femenina esencia de
ausencia me liberó de la sujeción de las palabras. Entonces, me jaló como a un
lugar más lejano, permitiéndome ver de dónde venían aquellos tentáculos
lingüísticos, y me mostró una esfera sintáctica, un campo semántico
entrelazado, significados y significantes enredados como tentáculos
pertenecientes a una creatura hecha de códigos y letras.
Con sus redes conceptuales articulaba un mundo
aparente, realidad narrativa envolviendo una luminosa energía, atrapándola y
sujetándola en constructos de palabras. Dentro de ese entramado semántico,
podía observar esferas de luz envueltas por la palabra “Persona” y cómo
alrededor de ellas estaba en grande la palabra “Mundo”. Y este pulpo semiótico
jugaba a través del lenguaje a construir un escenario hecho de pura información.
La oscura divinidad, a quien luego identificaría como La Pastora,
me mostró aquel universo hecho de signos, como si éstos codificaran una
realidad simulada, articulada por una matriz hecha de lenguaje, semejante a una
realidad virtual compuesta de ceros y unos. Insustancial, ilusoria, nada de lo que yo había creído real
verdaderamente lo era. Y este constructo lingüístico parecía ser dominado por aquella
entidad extraterrena, cuyo cuerpo hecho de pura información flotaba por encima
de este entramado de palabras. Aquella creatura alienígena tejió códigos que
envolvieron como hilos a la amorfa luz con la cual confeccionaba sujetos
sujetados al lenguaje, zurciendo seres en la trama y urdimbre del telar de
ficciones.
Ante dicha
visión, sentí el frenético palpitar de mi bomba biológica, propulsando veloces
torrentes de sangre por todo mi cuerpo. Un volcán en erupción, rabia, fuego, y
rápidamente; hielo. En mi pensamiento se aparecieron palabras invisibles que me
comunicaron en un murmullo tenue que
-Este es el velo, la ilusión, el sueño.
No supe si lo había pensado yo, o aquella otredad
femenina que hablaba desde mis adentros. Un entendimiento mudo me penetró, como
un filoso gancho, que todo aquello que yo había tenido por realidad, toda mi
historia de vida, no era más que una especie de cuento, una ficción, un juego,
un entretenimiento para creaturas siderales, que habían confeccionado un
universo ilusorio, del cuál ahora la Pastora me había liberado, y todo
lo que yo había considerado real se había borrado, incluyendo mi vieja
identidad, que ahora parecía como un recuerdo distante, como un sueño recién olvidado.
La inmemorable búsqueda de identidad
Entonces me invadió una angustia insoportable, una
serie de pensamientos invadieron mi cabeza cual corona de espinas. La visión de
aquella esfera lingüística del mundo, constructo narrativo que yo creí real
toda mi vida, perdió todo su peso en la ingrávida irrealidad de la alucinación.
Bravas olas golpeteaban mis certezas, aislándome en la soledad cósmica,
reconociéndome como hijo de la nada. Nada era real, y sin embargo contemplaba
la demiúrgica artimaña del pulpo, quien tejía mundos ilusorios en el lienzo de
la nada, una nada infinita e inabordable, sin principio ni fin. Asfixia, angostos
pasillos interminables ¡Me falta el aire! ¿Es real lo que estoy viendo? ¿Estoy
soñando? ¿¡Quién me está leyendo!?
De pronto sentí como si algo me jalara nuevamente hacia
aquella esfera, como si de pronto mi etérea corporeidad se solidificara y me
viera arrastrado por el peso de la gravedad. Cayendo, bajando, descendiendo
nuevamente hacia el mundo del signo, enredándome en la teleraña del lenguaje,
no soportaba ser nadie, así que busqué desesperadamente algún recuerdo que me mostrara
una imagen de mí mismo. Quería tener un rostro y un nombre, quería ser alguien.
Y poco a poco desfilaron algunas imágenes, sensaciones, recuerdos, que se enroscaron
en torno a mí y me envolvieron en una historia que reconocí como mía. Las
profundidades psíquicas se abrieron como efervescente plétora imaginal,
llenándome de escenas que se flotaban como fantasmas de la memoria a mi
alrededor. La vivacidad de uno de estos escenarios hizo que posara toda mi
atención sobre ella, que se representó como una obra en el teatro de la mente,
recordándome quién soy:
Observé cómo, después de una trágica pelea con mi
padre, y una triste decepción de mi madre, había decidido dedicar mi vida a
expresar las emociones complejas por medio del arte. Y después, otro momento se
desplegó ante mi consciencia, como ofreciéndome un trozo de recuerdo para poder
reconstruir mi identidad, mostrándome diversas escenas en donde le había
encontrado el gusto a la pelea y el conflicto. Yo me creía un guerrero, un
rebelde a quien nadie podía domesticar. Veía un momento en que después de una acalorada
discusión yo le escupí en la cara a un flacucho mozalbete a quien disfrutaba
intimidar. Y rápido llegó otra escena de mi conquista sobre una chica que me atraía
sexualmente, a quien sabía que solo la quería flechar, para luego desecharla y
buscarme otra más apetecible. Recordé también una salida en grupo, con mis
amigos Pepe, Javier y Priscila, que nos fuimos en mi carro a Guanajuato para ir
al cervantino. Gota tras gotas, el caudal de recuerdos llenó la oquedad de mi
consciencia, haciendo de este cuerpo de ideas un personaje en donde encarnar. Todas
estas imágenes, así como algunas ideas, creencias, pensamientos y emociones, se
instalaron dentro de mí para revelarme que yo me llamaba Alberto. Sí, lo
recordé con toda claridad. Se hizo la luz y ahora tenía la certeza de que yo
era Alberto, y tenía un tatuaje con las letras V. L. en la mano izquierda,
entre el dedo índice y el pulgar. Pude al fin aterrizar, sentir mi cuerpo,
hacerme consciente del espacio en donde estaba, y comprender que todo aquello
que había vivido se debía a que había fumado Salvia Divinorum, y me
percaté que el viaje estaba por terminar, que estaba volviendo otra vez a esta sólida
realidad, a la materialidad de mi cuerpo, a la certeza de mi nombre y mi
identidad. Respiré profundo, abrí mis ojos, con toda la calma y la serenidad de
volver a recuperar la memoria, después de haber vivido la tormenta de la
vacuidad. ¡Qué bien se sentía volver a ser yo mismo! ¡Qué agradable es ser
quien soy! ¡Cuánto amo ser Alberto!
Me levanté de aquella cama hecha semillas en la que
estaba acostado, aquella obra de arte que construí gracias a la beca que había
ganado para hacer mi residencia artística. Caminé unos pasos hacia el frente, y
entonces… ¡Imposible! Mi mirada choca contra la imagen de mí mismo, lo miro a
los ojos, él-yo, yo-otro me mira sonriente. La cara de Alberto mi mira
claramente desde otro lugar. ¿¡No soy yo Alberto!? ¿¡Por qué estoy ahora allá!?
Una viscosa sensación me recorre todo el cuerpo, se desenrosca como una serpiente,
y entonces comprendo que todos aquellos recuerdos que viví no eran míos, sino
de mi amigo Alberto. Como si fuese un sueño, la máscara de identidad con la que
creí haber encarnado se evaporó, y regresé, como acto de magia, a mi vieja
identidad, como Mario Alonso “Oneiros”. Reí, lloré, respiré profundo. Había
vuelto.